Aceleración. Complejidad. Volatilidad. Incertidumbre. Inseguridad. Son seguramente algunos de los rasgos que, a modo de derivas, estados o marcadores ambientales, mejor resumen y explican nuestra época, a la vez que alimentan y retroalimentan, en espiral, el malestar contemporáneo.
Los tiempos cambian, mudan, y lo hacen con velocidad de vértigo, abrupta y turbulentamente (turbocapitalismo o tecnocapitalismo, lo llaman algunos). Crisis económicas encabalgadas, pandemias, migraciones, conflictos, colapso climático, voracidad y rapiña de recursos, revolución tecnodigital, desinformación, posverdad, populismos, precariedad laboral y otros acontecimientos de disrupción erosionan y tensan hasta el límite nuestras precarizadas vidas a la intemperie, agudizando hasta el dolor, físico y mental, nuestra sensación de desnudez, fragilidad y vulnerabilidad.
Presas de un fenomenal desconcierto, surfeamos las olas de la incertidumbre como buenamente podemos para mantener tan solo un equilibrio que es siempre inestable y vacilante. Giramos la mirada al pasado y observamos, incrédulos, cómo bajo nuestros pies el suelo se tambalea. Nos cuesta todo un mundo reconocernos, y hasta nos preguntamos por la condición misma de lo humano. Intentamos, cargados de inseguridades y titubeos, proyectar un futuro digno y vivible y no alcanzamos a vislumbrar más que bruma y vacío. Se desvanecen delante de nuestros ojos las certidumbres que antaño nos habían abrigado para sobrevivir en el ahora, instalados en una sensación de perenne crisis y transitoriedad que nos desazona y paraliza, que incluso nos precariza y enferma. Seamos o no conscientes, lo que pasa nos pasa, además, a todos y todas.
Náufragos, a la deriva existencial, en un mundo evanescente y dislocado por la absoluta desconexión entre realidad, fines y medios, necesitamos con urgencia hallar nuevos asideros: desplazar los viejos marcos de pensamiento, imaginar otras categorías existenciales y simbólicas, componer nuevos órdenes y reactualizar los sistemas de relaciones que nos sirven de carta de navegación. Esa es, necesariamente, en esencia, la función de la cultura, ese hipersofisticado y dúctil dispositivo específicamente humano que corre en nuestro auxilio para, en la zozobra, tratar de hallar algunas certidumbres frente a los imprevisibles, fugaces y perturbadores desafíos que nos propone el entorno cuando se vuelve indescifrable y hostil.
Necesitamos hallar nuevos marcos de pensamiento, componer nuevos órdenes y reactualizar los sistemas de relaciones que nos sirven de carta de navegación.
Son de tan hondo calado las metamorfosis que sufre nuestro tiempo, y tan profundas y lacerantes sus consecuencias sobre los individuos, que no queda más salida que imaginar al compás –porque la necesitamos– una cultura sustancial, radicalmente diferente: para no abocarla a la anacronía y la inoperancia, epistemológica, política, social, económica y medioambientalmente diferente.
Epistemológicamente, puesto que, ante la desconocida complejidad de la doble interfaz realidad-virtualidad, ha llegado el momento de derribar barreras, límites y jerarquías entre las fuentes y afluentes de lo que hoy conforma el sustrato de lo cultural: entre alta y baja cultura, entre (tecno)ciencias y humanidades, entre centros y periferias, entre campo y ciudad, entre élites intelectuales y ciudadanos de a pie, entre la realidad y la metarrealidad. La cultura y el conocimiento –como análisis, diagnóstico y conformación y toma de posiciones– habrían de regir hoy fundamentalmente como un diálogo, una conversación entre afines y no afines, en la que estar abiertos a escuchar y debatir con y entre múltiples voces.
Políticamente, en cuanto que la tantas veces pretendida autonomía o neutralidad de la creatividad y de las artes, del patrimonio, o de la cultura en general, parece quedar hoy en evidencia. La función puramente estética, la autorreferencialidad, la interpretación monocorde conforme al canon –tan obsolescente como ineficaz– o la inveterada hegemonía de ciertos etnocentrismos y discursos de poder comienzan a ceder terreno –afortunadamente– en una cultura, un relato histórico y un arte que se sienten más estrechamente comprometidos con los desequilibrios, crisis y reivindicaciones sociales de nuestro tiempo; donde movimientos como el feminismo, la ecología, el decolonialismo o el antirracismo –por citar tan solo algunos ejemplos muy evidentes– no pueden ya quedar excluidos del pensamiento, el relato y la política cultural, como tampoco pueden ser ajenos estos a apuestas plena e imperativamente democráticas como la participación activa, la educación y la mediación críticas o la plena inclusión.
Socialmente, y ello no hace más que abundar en lo anterior, en tanto que lo objetual –el objeto, el bien o servicio cultural, la programación, como fin fetichista de la actividad cultural– comienza a perder relevancia en favor del sujeto cultural, que ya no se corresponde solo con el profesional o experto –el intelectual, el creador, el gestor– sino que es de raíz y proyección colectiva: somos todas y todos. Es un sujeto que, de modo performativamente democrático, accede y disfruta, crea y produce. Ello supone también reivindicar el carácter procesual, deliberativo, no acabado, contingente y mutante de la práctica cultural, que se dirigiría a la producción de subjetividades, individuales y, sobre todo, sociales.
Económicamente, ya que el valor de la cultura no puede –ni debe– en exclusiva medirse bajo estrictos, desnudos y empobrecedores criterios de mercado. No es una mercancía más. Su valor se desborda en múltiples impactos de signo social que empequeñecen la simple transacción mercantil: hablamos de bienestar, salud, cohesión social, identidad, comunidad, arraigo, participación, convivencia o
inteligencia crítica y social. La cultura es sobre todo derecho, no exclusivamente recurso, y bien público[1] –entendiendo público no solo como bien de necesario cuidado público- cultural, que aspira, institucional, que también, sino resultaría conveniente buscar la confluencia de ciertos sectores culturales y creativos –los de naturaleza industrial más débil o difusa– hacia planteamientos y fines propiamente característicos de la llamada economía social y solidaria, y abordar su tratamiento dentro de las singularidades de esta.
Medioambientalmente, por fin, pues resulta inviable concebir, en adelante, una institucionalidad, una política y una práctica cultural que no integren la ecología, el cuidado del planeta y el desarrollo sostenible entre sus postulados constitutivos.
El objeto cultural comienza a perder relevancia en favor del sujeto cultural, que aspira, que necesita ser colectivo, capaz de intervenir libre y creativamente en la construcción.
Los tiempos cambian, el sujeto cambia, la sociedad cambia. La cultura se transforma, expandiendo y multiplicando objetos, sujetos y subjetividades. El objeto es hoy múltiple, fragmentado, híbrido, polisémico, mutante, esencialmente inmaterial, ubicuo, epistemológicamente diverso y relacional, políticamente heterónomo. Tiende a ser un objeto subjetivo.
El sujeto, por su lado, no quiere ser –lo comprobamos en los momentos de emergencia colectiva– un ente individualista, egoísta, ausente y aislado de lo social, al modo impuesto por la ideología neoliberal. Es un sujeto político-cultural que aspira, que necesita ser colectivo para garantizar su reproducción, su relevancia y su significación: su trascendencia. Un sujeto transversal e inclusivo, libre, emancipado y emancipador, capaz de intervenir libre y creativamente en la construcción de imaginarios, representaciones y estéticas.
La noción de identidad, tradicionalmente moldeada y sostenida desde una particular, monolítica y excluyente construcción histórica de legado o memoria cultural, pierde vigencia en nuestras sociedades multiculturales en beneficio de conceptos como los de relación o interseccionalidad. Convendría pues hablar, diría, no tanto de identidad(es) –que en todo caso son siempre, e inevitablemente, de naturaleza híbrida o heterogénea– como de comunidades (de identidades), diversas por definición.

Análogamente, la tradicional compartimentación de la realidad y el conocimiento en disciplinas relativamente autónomas y estancas carece de sentido en la sociedad-red, es en extremo limitante. La voluntad de comprensión del mundo equivale hoy a un esfuerzo de comprensión de la complejidad. La penetración y la metabolización de esa complejidad para pertrecharnos frente a un contexto de creciente incertidumbre y precariedad, que nos asedia y angustia, es o habría de ser, a todas luces, una de las grandes funciones de la cultura contemporánea. Además, como sugiere inteligentemente Edgar Morin, el único conocimiento válido es aquel que se nutre de incertidumbre y que asume su condición temporal, frágil e imperfecta.
La cultura se ubicaría entonces en un espacio que desborda la disciplina o lo disciplinar: podría categorizarse como una suerte de multi, inter o antidisciplina, o una postdisciplina, como proponen algunos. Un dispositivo de hibridación del conocimiento y la experiencia. Un dispositivo sustantivamente relacional y dialógico, que pone el oído y escucha, que mira y observa, y que activa múltiples conversaciones con el fin de, precisamente, detectar, entender e intervenir sobre esos espacios intermedios en los que se entreteje lo real, que no son otros que los de nuestra vida cotidiana.
Sería a partir de semejante posicionamiento cuando se puede empezar a comprender el verdadero valor de la participación cultural democrática. La participación suma y combina conocimientos y perspectivas, enriquece las experiencias, añade complejidad y riqueza a la conversación; al multiplicar los puntos de vista, problematiza la realidad (y el hecho cultural) de manera más sutil y precisa. Introduce también una dimensión que alcanza una creciente centralidad en la codificación de lo cultural: lo cotidiano, como apuntábamos; lo íntimo, lo
subjetivo, esa micropolítica que empieza y termina en los individuos –sus necesidades, problemas, inseguridades, miedos, deseos, anhelos, aspiraciones,...–, pero que alcanza siempre reflejo en lo social. Son esos los momentos y lugares donde deberíamos de intervenir con mayor énfasis y convicción. Cuando el sujeto se siente acorralado y en soledad, la intervención en los espacios de intimidad es lo que seguramente dota de pleno sentido a la acción cultural, máxime si es pública, y la convierte en un dispositivo verdaderamente humano y emancipador.
La cultura podría categorizarse como un dispositivo de hibridación del conocimiento y la experiencia que tiene el propósito de detectar, entender e intervenir nuestra vida cotidiana.
En el programa Cultura y Ciudadanía del Ministerio de Cultura y Deporte, desde su vocación de observatorio y laboratorio permanente, venimos hace tiempo tratando de apostar por una visión de la cultura –y de la política y la gestión cultural– que pretende ante todo acercarse a las personas, y a partir de ahí lanzarnos a la búsqueda. Ello nos ha llevado al cuestionamiento crítico y la deconstrucción de ciertas categorías culturales que observamos en desplazamiento o transformación, a la exploración e imaginación de otras nuevas, e incluso la repristinación o resignificación de algunas en desuso. Con ellas, puestas en diálogo y/o contradicción, componemos cartografías y dispositivos narrativos que funcionan como marcos teóricos y cuadernos de bitácora para nuestra práctica y nuestra sintaxis.
Nociones como ecosistema –sector profesional más sociedad civil–, derechos culturales, participación, territorio, periferias, diversidad, equidad, ecología, sostenibilidad, educación, mediación, laboratorios, (eco)feminismos, ensamblaje epistemológico, ruralidades, intercambio rural-urbano, experimentación institucional o ética de los cuidados, por citar un puñado como muestra, son solo algunos de los ejes programáticos que han orientado y gobernado nuestra actividad durante estos últimos años. Se abren paso también nuevas categorías.
Se abren paso nociones nuevas y horizontes de reflexión; sostenibilidad, decrecimiento, economía circular, ayuda mutua, desprecarización, soberanía tecnológica o decolonización, por ejemplo.
La última edición del Encuentro Cultura y Ciudadanía la dedicamos a reflexionar colectivamente sobre los principales retos que se avecinaban para la cultura posCOVID. Recordábamos allí que durante la pandemia nos hemos interrogado hasta el cansancio acerca de qué es lo esencial. Y de repente nos dimos cuenta de que lo esencial, lo que nos humaniza, en definitiva, es el cuidado del nosotros/as y, por extensión, el cuidado del planeta, de la casa común. Nos interrogábamos igualmente acerca de los principales desafíos y ámbitos de acción para la cultura tras la crisis sanitaria, sobre qué (nuevas) funciones y valores debería de arrogarse, o cómo podría contribuir de manera efectiva a la transición ecosocial; y también sobre cómo habría de organizarse el sector cultural para ser más sostenible y resiliente.
En el proceso de interrogación afloraron términos y paradigmas como salud, cuidados, hospitalidad, bienestar, soledad, cooperación, ayuda mutua, desprecarización, ODS, decrecimiento, economía circular, posthumanismo, soberanía tecnológica o decolonización, por citar nuevamente algunos. Son todos ellos, y otros más, retos y propuestas que abren hoy nuevos horizontes de reflexión para la cultura por venir.
¿Cómo rediseñar entonces nuestro ecosistema cultural? Sugiero ponernos a imaginar infraestructuras e inteligencias de carácter alternativo y experimental, y dirigir la vista hacia el mundo natural, del que tanto podemos seguir aprendiendo. Stefano Mancuso viene a explicarnos, por ejemplo, que en las plantas no existe ningún tipo de jerarquía: sus organismos son completamente difusos, descentralizados, interactúan colectiva y colaborativamente, y por eso son tan robustas; eliminas una parte y el resto subsiste. Lo importante es el conjunto, el sistema, por encima de cada elemento individual. Subraya, además, el biólogo italiano, que internet está ideada como una planta, y precisamente por ello es tan resistente y ubicua.
Las formas de organización vegetal, entonces, podrían suministrarnos un modelo de ecosistema cultural posible: complejo y biodiverso, fluido y distribuido, colaborativo y resiliente. La tan abigarrada como armónica y hermosa complejidad del Jardín Botánico de Puerto de la Cruz bien podría funcionar como cercana y familiar metáfora de un hábitat cultural ideal. Especies de diferentes orígenes, tamaños, necesidades nutritivas, apetencias climáticas, ciclos vitales o formas de interacción con el entorno articulan una red de intercambios, equilibrios y apoyos mutuos donde cada individuo coadyuva al mejor funcionamiento de la totalidad. Me parece una hermosa inspiración.
Para concluir. Más allá de la economía y el espectáculo, de la cultura solipsista y ensimismada de cuarto de estar, de aquella que perpetúa cánones caducos e irrelevantes o prorroga elitismos y paternalismos excluyentes, apostemos por una cultura –una ciencia, un conocimiento– abierta a toda la ciudadanía, democrática, horizontal, dialéctica y deliberativa, crítica y autocrítica, cotidiana y creativa, hospitalaria y basada en la ética del cuidado. Una cultura que vele por las condiciones materiales de sus trabajadores, que estimule la participación y la convivencia cívica en la esfera pública, que nos permita, si no hallar respuestas, sí al menos dilucidar los debates que son ahora necesarios, y que, sobre todo, nos ayude a trazar, con tinta indeleble, el mapa de nuestras vidas.